:Como.Mujer;Como.Madre:
Por Andrea Lozano
Su madre le había enseñado que nada en la vida era justo y todo dentro de ésta era dolor. Y vaya que tenía razón. Si esto significaba la verdadera felicidad, ella era la mujer más feliz del mundo. Su vida siempre había sido la misma, sólo habían cambiado los personajes. Sus noches no habían cambiado; eran sacunadas por rayos de violencia y burbujas, adornadas con puños y lazos de acero. Siempre eran dos las heridas, y siempre una dejaba a la otra sangrar: siempre había sido así, era la misma imagen repetida. Cuando él la hacía bailar a su ritmo, ella no sentía nada, pero cuando bailaba con su versión más pequeña, sólo podía llorar al recordar que esa niña una vez fue ella. Era su trabajo inculcarle lo mismo que una vez su madre le inculcó a ella, y era necesario que desde ahora se fuera acostumbrando al placer de la fortaleza masculina. A dar sonrisas incompletas. A interpretar otra forma de felicidad. Su plan se quebró en mil pedazos cuando una noche él no se conocía a sí mismo: ella sí se estiró lo suficiente, pero su versión más pequeña, tras una hora de fluidos y movimientos temblorosos, la abandonó. Desde su posición, frotándose con la alfombra empapada y arrastrando sus dos piernas, observó a la niña desaparecer, tornando los pocos metros de distancia entre ellas en un millón de años luz. La odió. Era una cobarde. Ella había masticado madera muchas veces cuando su edad, y nunca dejó a su madre sola a escupir el polvo. Se recostó sobre su propia espalda, sintiendo mil agujas pentrar su espina dorsal. Un gesto fue todo lo que impregnó en el espejo del techo, un apretón de dientes, un gemido silencioso. Él parecía estar ausente, aunque ella sabía que estaba en el pasillo. Había logrado ser una gran mujer, pero había fallado en ser una gran madre. Una de sus manos acarició la cuna que yacía herida dentro de ella: la siguiente vez sería mejor.

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